martes, 29 de marzo de 2011

Una de bollitos y champiñones

Riete, pero te voy a contar un cuento, el cuento del champiñón agridulce.

Dicho hongo, era bueno, quizá no tanto como para saber bien, pero tampoco desagradaba. Él siempre había deseado ser un algodón de azúcar, una manzana caramelizada, o porque no, también el ser un simple terrón de azúcar le ilusionaba, pero no, era un champiñón re-masticado y escupido innumerables veces. Es triste que sin saberlo, él un día con toda su ternura e inocencia, consiguió ser tan dulce o más que aquello que deseaba ser, aún siendo pequeño y casi invisible para cualquiera. Pero atrajo bocas que lo descuidaron, que no supieron apreciar la sintonía de sabores que el intentaba proporcionar, no supieron tomar cada bocado como un manjar.

Sonreía, seguía siendo bondadoso, pero algo lo había cambiado, todos esos bocados a matar dejaron ocultas cicatrices que desgarraban con cada mirada, abrazo o te quiero. Se volvió débil y ya no le importaba ser devorado, quizá la costumbre le hizo admitir que era su destino. Pasaron meses y de él ya solo quedaban la raíces que habían brotado entre llantos y sonrisas que le hacían mantener la palabra amor tatuada al vivo en su corazoncito.

Estaba fatigado, la angustia le corrompía y se volvía amargo y desagradable, casi tanto como el pescado pasado. Se lo reprochaban todos, le echaban de menos y aun así él no podía cambiar, se había vuelto así, terco y persistente en su idea de que no estaba solo, porque esa boca que alimentaba cada día apreciaba su dedicación.

Cierto día mientras intentaba pensar, cosa que le resultaba difícil sino imposible, vio pasar ante sí, el olor mas atrayente que jamás habría imaginado, casi se condensaba en el aire el aroma a azúcar, caramelo y nata como si de una ola se tratase y le llevase a la orilla de una isla de dulces manjares. Sonrió y abrió los ojos en cuanto el hipnotizante olor se desvaneció, pero quedaba una pizca, así que sin pensar intento levantarse y se deslizo siguiendo el hilo de sueños volátiles hasta la orilla de un río, allí vio algo que lo fascinó de tal manera que no pudo evitar derramar unas lagrimas.

Allí estaba todo lo que él había querido ser, todo lo que le recordaba lo que un día fue. Un bollito de crema descansaba junto a una roca. Era bellísima, supo en ese momento que era su sueño, pero parecía tan inalcanzable. Nunca fue un champiñón aguerrido y atractivo y mucho menos ahora, con sus sonrisas difusas y su felicidad maldita que mas que de amor y diversión, se basaba en nervios, celos y desesperación. Pero no era capaz de pensar en ella, esa boca quedo aplastada por la inmensa atracción que le llevaba hasta ese bollito que el deseaba tomar y cuidar. Ella le vio le sonrió y él murió. Como flotando se acercó e hizo el esfuerzo de aparentar... normal. Ella le admitía, le sonreía y le hablaba con una inocencia que le abrumaba. La quería, ya solo con eso, sabía que la quería. Continuaron hablando durante horas y horas hasta que llegó la noche y el champiñoncito casi de milagro recordó que debía volver.

Se despidieron hasta el próximo día.

Él fue a casa y allí estaba ella, cuchillo y tenedor en mano, esperando sedienta su cena. Simplemente el champiñón volvió a ser el tentempié de aquella boca caprichosa. Pensó que ese era su futuro y que no pertenecía ni al camino ni a la idea de recorrerlo junto a aquel jugoso dulce del que no podía dejar de pensar. Pero no era consciente de que algo había empezado a cambiar.

Ella también le quería y que en aquel encuentro, sintió tantas cosas como él. Pero como no era consciente, decidió no aparecer el próximo día. Ella le esperó, y finalmente preguntando consiguió llegar hasta su hogar.

No fue muy buena idea, pues el champiñoncito creyó correcto lo que no lo era y haciendo de tripas corazón le dijo que no se podían ver, que él pertenecía a ese lugar. El bollito lo admitió, y se fue triste y resignada a su casa.

Pasaron los días y no podían dejar de pensar en el otro, pero claro, creían que debían alejarse para que madurase pronto el fruto del olvido. Susurraban las palabras que se dijeron aquella vez cuando creían que estaban solos, se abrazaban a sí mismos imaginando que lo hacía el otro, se desesperaban por no poder alejar de sus mentes imágenes tan especiales.

El champiñón, seguía con su rutina, pero de repente la vio pasar. Allí estaba y algo empezó a brotar de él. De la palma de sus manos aparecían pequeñas virutas semitransparentes y brillantes, como diminutos diamantes pulidos a la perfección. Tomó una parte en su boca, y lo saboreó, fue sublime el sabor de esas pepitas. Entonces recordó el momento en que se conocieron y sus manos se unieron por un momento. Toda la dulzura que ella poseía se la había transmitido a él y sin darse cuenta, había estado desarrollándose en su interior. Pensó en todo lo que pasó y se echó a llorar, todo su cuerpo brillaba ya que ahora el azúcar había aparecido por todo su ser. Lloró a llanto abierto y inevitablemente ella le oyó. Se acercó a él le pregunto, aunque con miedo siempre a cualquiera de sus palabras, pues temía que la pudiesen hundir mas en la pena de no poseerlo. Él entre llantos balbuceo un te amo y a continuación mil explicaciones que para ella eran innecesarias, pues lo besó sin dejarle terminar y los dos allí sentados fueron el bollito de champiñón mas dulce que haya existido.

Desde aquel momento nunca mas supo de aquella boca, y es feliz así no por miedo a que aparezca sino por desinterés absoluto.

Pasaron días, semanas, y constantemente, él era mas dulce, mas tierno, incluso su aroma empezaba a desprender ese toque que le enamoró un día. Seguían siendo uno, pegados, amados, eran los mas felices. Compartían mas que palabras y hechos, compartían un destino, el que él siempre había deseado, y se dio cuenta de que lo que vivó fue una mentira de la que no se quiso percatar, pero ahora todo era de verdad, eran uno, eran infinitos.

Y pasaron dos meses, y aquí esta el champiñoncito rememorando para su bollito al que ama como a nadie, todo lo que él ha sido, y todo lo que es ahora, gracias a ella, porque con todo su amor le ha conseguido cambiar, le ha vuelto a convertir en quien era y en quien siempre quiso ser... con ella.


Significas mas que un todo para mi cielo, date cuenta, por muy terco, inseguro que todavía pueda ser, sigo desarrollando en mi interior todo ese azúcar que tu me proporcionaste y por el que estoy cambiando, gracias a ti. Me haces inmensamente feliz, me enamoras cada día mas y dios... lo das todo por mi y quiero compensartelo como sea quiero hacerte sonreír siempre, que tus días sean felices por el simple hecho de que somos uno.

No soy gran autor, pero es mi cuento, mi fábula, nuestra historia resumida y aplicada a metáforas que solo nosotros entendemos.

Felices dos meses cariño. Sigo siendo tuyo ahora y por siempre. 29



P.D. Perdona por el tostón de texto cielo...


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